Nueve años del Fenómeno El Niño y las autoridades siguen con los brazos cruzados

El río Piura nunca ha ocultado su naturaleza. Su recorrido, su comportamiento y los puntos donde históricamente se desborda son conocidos desde hace décadas. Lo que sigue siendo un misterio es por qué el Estado continúa actuando como si cada temporada de lluvias fuera una sorpresa. 

A nueve años del devastador Fenómeno El Niño del 2017, la región vuelve a mirar con preocupación los pronósticos que advierten sobre la posible ocurrencia de un nuevo evento climático, que se unirá a un Niño Global. Lamentablemente, la respuesta institucional sigue siendo la misma: lentitud, improvisación y promesas que nunca terminan de concretarse.

En 2017, el río Piura arrasó con viviendas, destruyó puentes, rompió carreteras, inundó colegios y centros de salud. Paralizó la economía regional y dejó miles de familias sin patrimonio. Las pérdidas fueron multimillonarias, pero la mayor derrota fue comprobar que gran parte de los daños pudo reducirse con una adecuada planificación. Han pasado casi diez años y la región continúa esperando las obras que debieron iniciarse apenas terminó la emergencia.

El río nace en las alturas de Huancabamba, recibe las aguas que descienden por la cuenca. Atraviesa Morropón, baja a Tambogrande y cruza el corazón de la ciudad de Piura, para pasar por Catacaos, donde se abre paso hacia el Bajo Piura, hasta desembocar en la bahía de Sechura. 

Es un recorrido ampliamente estudiado, con zonas críticas plenamente identificadas. No faltan diagnósticos ni informes técnicos; lo que falta es voluntad política para convertirlos en obras que protejan a la población.

Foto del desborde del río Piura en el 2017

El anunciado Plan Integral de Manejo del Río Piura permanece atrapado entre expedientes, cambios de gobierno, discusiones presupuestales y burocracia. Mientras tanto, el cauce sigue esperando intervenciones integrales que permitan conducir sus aguas con mayor seguridad, reducir la vulnerabilidad de las ciudades y proteger las áreas agrícolas. Cada año perdido representa una oportunidad desperdiciada para prevenir una nueva tragedia. 

En el 2017, el río Piura se desbordó con un caudal de casi 4 mil metros cúbicos. Esta vez, el cauce del río no soporta tanta agua. Un caudal de 2 mil metros cúbicos inundará las ciudades.

El Gobierno Regional de Piura y el Gobierno Nacional comparten una responsabilidad que no admite excusas. La prevención no puede limitarse a limpiar algunos tramos del río cuando las lluvias ya están anunciadas, ni a declarar emergencias cuando el agua invade las calles. Gobernar también significa anticiparse a los riesgos, planificar con visión de largo plazo y ejecutar obras antes de que ocurra el desastre.

En contraposición y generando mayor preocupación, la Autoridad Nacional de Infraestructura, la ANIN, ya dijo que no cuenta con presupuesto para atender las actividades de emergencia en el río en el corto plazo. Su plan de actividades se proyecta a terminar recién en el 2040. Increíble.

Si las inundaciones vuelven a repetirse con la misma magnitud de 2017, o peor, la naturaleza habrá cumplido su papel. La responsabilidad recaerá, otra vez, en quienes tuvieron casi una década para aprender la lección pero decidieron postergar toda acción de planificación y prevención. Porque el río no improvisa. Quienes improvisan son las autoridades.

Por: Oscar Altamirano, coordinador de Prensa de Cutivalú