EXTORSIÓN, SEXO Y TRÁFICO DE INFLUENCIAS: LA DEGENERACIÓN MORAL DEL PODER EN EL PERÚ ACTUAL

Wilmer Fernández, director de Cutivalú
Wilmer Fernández, director de Cutivalú

El Congreso de la República gobierna hoy el Perú. De la infructuosa plancha presidencial de Pedro Castillo no queda absolutamente nada. Dina Boluarte y Vladimir Cerrón se encargaron de ceder el poder al fujimorismo, al acuñismo y a sus aliados de derecha, con la consecuencia de la destrucción de la democracia peruana.

Cedieron el gobierno a cambio de impunidad. Hoy, el país es gobernado de facto por Keiko Fujimori, César Acuña y José Luna, a través de sus bancadas congresales, que han conformado una coalición mafiosa. Esta alianza ha llevado a una degeneración moral del Estado, similar a las peores épocas como la del fujimorismo de los años 90. Y hoy, muchos de estos congresistas buscan el voto para llegar al Senado, con el objetivo de mantener el poder y garantizarse impunidad permanente. El Perú como nación no les interesa en lo más mínimo.

Peor ya no podemos estar. Los estudios internacionales clasifican al Perú como una “democracia imperfecta”: un Estado sin equilibrio de poderes, sin instituciones autónomas fuertes, sin mecanismos reales de participación ciudadana y sin normas que lo protejan de la delincuencia. En pocas palabras, carece de gobernanza efectiva. Se trata de un sistema dominado por un Congreso mafioso: más de 100 congresistas enfrentan denuncias fiscales por delitos que van desde el robo de sueldos a trabajadores, malversación de fondos públicos, tráfico de mujeres, hasta violaciones de derechos humanos.

Esta composición explica la tolerancia hacia la violencia contra niñas, mujeres y la vida de los peruanos y peruanas en general. Un sistema gobernado por delincuentes y abusadores de mujeres tolera el intercambio de sexo por votos en el Congreso, sexo por contratos en Palacio de Gobierno, la exposición pública de niñas víctimas de violencia sexual y la impunidad en cientos de casos de víctimas de violencia sexual en la Amazonía.

Hablo de hechos concretos:

  • La presunta red de prostitución en el Congreso, destapada en 2024-2025 tras el asesinato de Andrea Vidal. Mujeres contratadas irregularmente prestaban favores sexuales a congresistas y funcionarios a cambio de votos en mociones, proyectos de ley o contratos públicos. Se organizaban fiestas privadas con fotos y videos comprometedores, posiblemente para extorsión. La investigación fiscal parece estancada o archivada.
  • El caso de presunto tráfico de influencias en Palacio de Gobierno bajo el presidente interino José Jerí. Varias mujeres jóvenes obtuvieron contratos en entidades públicas tras visitas nocturnas o prolongadas a Palacio. Hay vínculos con fiestas privadas y sospechas de prostitución encubierta con fondos del Estado. La Fiscalía investiga, pero el escándalo avanza.
  • La congresista Milagros Jáuregui expuso públicamente a niñas víctimas de violencia sexual en su refugio, revictimizándolas. Ella ha hecho que se retroceda décadas en la equidad de género.
  • La reducción de presupuesto que llevó al cierre temporal de fiscalías en Condorcanqui, poniendo en riesgo más de 800 juicios por violaciones a niñas awajún y wampis.

Estamos ante un gobierno que tolera —y en algunos casos parece normalizar— la violencia hacia la mujer y toda clase de taras morales que destruyen la legitimidad del Estado ante la ciudadanía. El político debe ser moral y legalmente intachable. Una sociedad que tolera y normaliza la violencia sexual, la corrupción y los delitos contra la vida está condenada a reproducir la violencia desde la familia hasta las estructuras del Estado, con el riesgo final de destruir la unidad nacional. Si usted sabe que su partido o candidato/a tiene denuncias por delitos graves y aun así lo vota, el problema no está solo en el Estado, el candidato o el partido: el problema es usted, que no valora las buenas costumbres, el buen gobierno ni su orgullo como peruano/a. Es su responsabilidad saber elegir a las personas idóneas para el gobierno. Su voto vale.