
Por: Wilmer Fernández, director de Cutivalú
El Perú se está convirtiendo en una gran olla a presión a punto de estallar. Un profundo descontento social recorre el país: más del 90% de población está hastiada de la situación que vive la nación, indignada por las acciones de una coalición cleptocrática encabezada por figuras como Keiko Fujimori, César Acuña, Dina Boluarte, Rafael López Aliaga, Vladimir Cerrón y los pequeños partidos políticos que se han sumado a ellos por conveniencia. Esto no es un dato que lo decimos porque nos da la gana decirlo aquí o porque no nos gusta el gobierno: según las encuestas de agosto de 2025, más del 96% de la población desaprueba la gestión del gobierno de Dina Boluarte y del Congreso dominado por Fuerza Popular, Alianza para el Progreso, Perú Libre, Renovación Popular y Podemos Perú.
Hay una indignación acumulada de hace meses que, cual energía sísmica acumulada en las profundidades de la tierra, busca el menor resquicio para liberarse. La historia nos enseña que los terremotos resultantes de estas tensiones acumuladas suelen manifestarse con una fuerza devastadora. En el corazón del pueblo peruano se acumula una furia contenida, un descontento alimentado por la injusticia, el olvido, la indiferencia hacia sus demandas y el uso de su voto para el beneficio de unos pocos que ostentan el poder.
«Según las encuestas de agosto de 2025, más del 96% de la población desaprueba la gestión del gobierno de Dina Boluarte y del Congreso dominado por Fuerza Popular»
Estos pocos, respaldados apenas por el 2% de la población —dos de cada cien peruanos—, han convertido la política en un negocio del que viven a expensas del país. La realidad es clara: hay una indignación nacional que busca estallar, y tarde o temprano lo hará. Sin embargo, el gobierno parece incapaz de comprenderlo, atrapado en una negación absoluta de la realidad peruana.
Desde que asumió el poder el 7 de diciembre de 2022, esta coalición cleptocrática ha gobernado únicamente para sus propios intereses: garantizar su impunidad frente a sus delitos y perpetuarse en el poder. Para lograrlo, recurren a la mentira pública, la represión del pueblo, el seguimiento y persecución de quienes denuncian sus fechorías, la inhabilitación política de posibles adversarios, la normalización de discursos de odio y de la violencia contra las mujeres.
Así han construido un reino de impunidad, su propia impunidad. Generan caos en las instituciones para luego declararlas inservibles y presentarse como los reformadores, a pesar de estar señalados por múltiples denuncias judiciales. Son como lobos redactando leyes para proteger a las ovejas de los lobos.
«Es una cleptocracia o gobierno de los ladrones, en la cual se normaliza atrocidades: matar a 50 peruanos no es delito; golpear a una mujer es delito menor, al punto que los agresores pueden llegar a ser presidentes del Congreso»
“Esta democracia ya no es democracia”, lo decía la población del sur en enero del 2023. Es una cleptocracia o gobierno de los ladrones, en la cual se normaliza atrocidades: matar a 50 peruanos no es delito; golpear a una mujer es delito menor, al punto que los agresores pueden llegar a ser presidentes del Congreso, miembros de la Junta Nacional de Justicia o ministros; denunciar hoy a un militar o policía acusado de violación de mujeres en los años 80 o 90, es tildado de antipatriótico; denunciar violencia de genero puede costar a una mujer 6 años en la cárcel; proferir discursos de odio, como pedir la muerte de un periodista en un evento público, es tratado con la misma ligereza que conversar sobre el precio de las verduras; que para gobernar y mantenerse en el poder es válido mentir, incluso en la ONU, o ponerse manteca antes que aceite para que les resbale lo que piensan de ellos el 96% de la población. ¿Qué importa la opinión ciudadana si ya están en el poder?
«La democracia construida durante 20 años ha sido destruida, y el pueblo enfrenta las consecuencias de un sistema que protege a los poderosos»
Esta es la lógica de la cleptocracia. Posiblemente la manteca sea el mejor mecanismo para gobernar en un país donde la población los insulta, les tira del pelo, les tira huevos, les tira piedras. En una cleptocracia la población peruana hoy vive a merced de sus victimarios, bajo un marco legal que no solo castiga a quienes protestan, sino también a quienes los asisten o apoyan en las calles. La democracia construida durante 20 años ha sido destruida, y el pueblo enfrenta las consecuencias de un sistema que protege a los poderosos.
El descontento debe movilizarnos para cambiar esta realidad. En primer lugar, debemos comprometernos con las luchas democráticas del pueblo peruano. Tenemos que salir a reclamar organizadamente nuestro derecho a vivir en un país con democracia y sin mentiras. En segundo lugar, la mejor manera de juzgar a estos cleptócratas es no votar por ninguno de los que hoy ocupan el Congreso. Que respondan por los delitos cometidos contra el pueblo peruano. Sabemos quiénes son y qué partidos representan. El voto es nuestra arma para poner fin a esta cleptocracia.
















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